La esencia. Maarten Van Severen.
¿Qué hace que Maarten Van Severen sea, para mí, diferente de todos los que vinieron después, ya sea en Gante o más allá? En primer lugar, y exagero un poco, en toda mi carrera como diseñador de interiores, nunca he entrado en casa de un cliente con un mueble de Van Severen sin que se lo quedara. Y es que sus muebles encajan en cualquier entorno: en una choza, en una casita de campo, en un castillo, precisamente porque sus diseños respiran esencia pura.
Tomemos la catedral de San Bavón. En la misma, hay cientos de ejemplares de su silla más famosa: la .03 para Vitra de 1998, en gris oscuro. La iglesia gótica lleva allí desde la Edad Media y respira historia. Es el hogar del Cordero Místico, uno de los cuadros más famosos del mundo. Pues bien, la silla de Van Severen no le resta ni un ápice a su encanto. No influye en la arquitectura ni en el arte, aunque el diseño sea de muchos siglos después. Y así, por fin hay una iglesia con sillas bonitas.
Conocí brevemente a Maarten Van Severen cuando tenía dieciocho años. Fue a través de un buen amigo, el cocinero Stefan Boxy. Stefan quería un pabellón junto a su casa en Deurle (cerca de Gante) y el diseño tenía que ser de la mano de Van Severen. Maarten no era arquitecto, pero un buen diseñador de muebles es, por naturaleza, un buen arquitecto —o eso creo. Una persona que encuentra la proporción y la funcionalidad adecuadas en un mueble también tiene una visión global de cómo debe ser un espacio. Por eso colaboró en varias ocasiones con el arquitecto neerlandés Rem Koolhaas.
El pabellón se convirtió en una construcción de acero lacado, ligeramente elevada y separada del suelo, muy transparente, con grandes ventanales. Maarten ya estaba enfermo cuando fuimos a ver las obras de la estructura. Solo estaba montada la estructura de acero. Recuerdo que, al final, Stefan le preguntó si no le daba pena no poder ver nunca su obra terminada. Van Severen respondió: «Sí, sí que está terminada. Todo está. Las proporciones están». Para él, eso era lo que contaba; lo demás quedaba relegado al segundo plano.
En toda mi carrera como diseñador de interiores, nunca he entrado en casa de un cliente con un mueble de Van Severen sin que se lo quedara.
Poco después, compré mi primer mueble de Van Severen: la mesa de acero que todavía está en mi terraza. Por cierto, está fuera porque no me queda otra. No se puede desmontar ni consigo meterla por ninguna ventana o puerta. Sobre todo en sus primeros diseños, era completamente intransigente en este sentido: no debía verse ninguna soldadura ni unión. O sea, la mesa tenía que ser de una sola pieza, sí o sí. Por muy sencilla que parezca, resultó requetecomplejo fabricar un tablero tan largo y fino sin que el acero se combara.
Cuanto más simple, más difícil. Pasaba lo mismo con a su estantería de siete compartimentos para libros: ni un tornillo ni una unión a la vista. El mueble se tuvo que montar con pegamento de la industria automovilística. El aluminio parece finísimo, pero la estantería pesa una barbaridad y no es nada fácil fijarla. Eso sí, una vez colgada, resulta perfecta. Se asemeja a una obra del artista minimalista Donald Judd, y a menudo se compara a Van Severen con él. Sin embargo, hay una diferencia fundamental en la que siempre hago hincapié: Van Severen producía objetos de uso cotidiano. Sin libros, la estantería no está completa.
Que los muebles deben interactuar con las personas forma parte de su diseño. La mesa de aluminio T88A, por ejemplo. Primero tuvieron que lijarla durante 45 horas, no a máquina, sino a mano. Además, solo una persona podía trabajar en cada mesa, porque de lo contrario se verían otras «nubecitas» en el patrón del lijado. El acabado de la mesa solo consistía en una capa de cera. O sea, no de barniz. Es decir, los arañazos no se pueden evitar. Para Van Severen, las marcas de uso formaban parte de la obra. Por eso, algunas personas prefieren comprar un ejemplar de segunda mano, porque ya ha vivido. No es una hoja en blanco.
La obra de Maarten Van Severen es limitada. No es de extrañar, porque apenas llegó a los 48 años. Al principio solo trabajaba con unos pocos materiales: aluminio, acero, madera y cuero. Fabricaba los prototipos en su propio taller de Galgenberg, en Gante, junto con cualquiera que pudiera echar una mano lijando o soldando. No tenía personal fijo y apenas vendía algo. En mi opinión, lo que diseñaba, en primer lugar lo hacía siempre para sí mismo. Incluso creo que en realidad diseñó su famoso Blue Bench para dormir en él en el taller.
Van Severen era una persona radical y de trato nada fácil. Establecer contactos y entablar relaciones no era lo suyo en absoluto. De hecho, tardó mucho en ser descubierto por las grandes marcas como Edra, Kartell y Vitra. Esa colaboración le salvó de la ruina económica, pero también debió de resultarle difícil, porque la producción industrial, de una forma u otra, siempre exige algún tipo de compromiso. Los primeros modelos de la silla Vitra 03., por ejemplo, aún no eran de poliuretano flexible, sino de aluminio y contrachapado. Intente sentarse unas horas en una de ellas…
Seguramente heredó de su familia ese afán por la pureza y las proporciones armoniosas. Su padre, Dan Van Severen, era un pintor minimalista que solo utilizaba formas básicas: un trapecio, un círculo, una cruz, a veces en no más de dos tonos de blanco. No sé si tenían buena relación, pero lo cierto es que la esencia sigue viva en los diseños de Maarten. Por cierto, su hermano Fabiaan también se hizo diseñador, al igual que los dos hijos de Maarten. Hoy, Hannes Van Severen dirige, junto con Fien Muller, el estudio Muller Van Severen, y David, el estudio de arquitectura Office KGDVS. Así que, la tradición familiar perdura.
Los ganteses deberían estar mucho más orgullosos de todas esas personas. La modestia es un problema con el que lidiamos los belgas —de toda la vida. En el extranjero, nuestros diseñadores son muy admirados, pero aquí suelen ser unos nobles desconocidos. Willy Van Der Meeren, Lucien Engels, Christophe Gevers, Jules Wabbes, Huib Hoste, Emiel Veranneman… Todos estos diseñadores nunca han recibido mucho reconocimiento en nuestro país. Si algunos de ellos consiguen un lugar en el renovado Design Museum Gent, se lo habrán ganado a pulso. Que en algún momento se pueda admirar la obra de Maarten Van Severen allí, lo tengo clarísimo.
Frederic Hooft (n. 1979) es diseñador de interiores. Tras un año en la escuela de arte, lo dejó, porque no le apetecía escuchar a nadie que decidiera por él qué era bonito y qué era feo. Ha hecho de su propio sentimiento su profesión. Con su estudio de interiorismo, es un firme promotor y defensor de los diseñadores belgas de la posguerra.